Cuerpo muy sano, ¿mente también?

Si partimos de la idea de que cuanto más se ejercite deportivamente una persona, más buena, feliz simpática, agradable, concentrada, carismática, honesta, confiable, triunfadora, talentosa… y sana es, llegaremos a la conclusión de que todo individuo debe realizar algún tipo de actividad física, a fin de tener un equilibrio físico-espiritual que lo convierta en una persona de bien…

El hombre, por su condición de ente socializable, no pudo satisfacer sus necesidades físicas solo, y así, para mover el cuerpo, inventó distintas modalidades de juego grupal: los deportes, y el sexo sin fines reproductivos.

Si persistimos en el concepto de hombre-animal, y vamos al inicio de la historia deportiva, descubriríamos a once hombres cro-magnon pateando una rama de algún árbol caído. En efecto, el fútbol, pasión de multitudes, habría surgido para siempre junto a la creación del mundo. Y en lo que a nuestro territorio concierne, desde antaño, el orgulloso macho argentino practicó esta disciplina deportiva en todos los sitios capaces de albergar el despliegue físico de 22 hombres. Milagro universal. Provocador de pasiones irresistibles, el balonpié dio garra y pulmón a millones de hombres argentinos que aprendieron a patear pelotas en el suelo patrio antes de pronunciar la palabra mamá. Los años pasaron, y el futbol sufrió cambios, se desarrolló en técnica y nivel. Era necesario tener mayor precisión y calidad para poder jugar. José entró a correr ocho vueltas a la plaza cada mañana. Juan se anotó en un gimnasio de fisicoculturistas para darle duro a los fierros y Pepe se animó a comprar una soga para salticar. En este relato fantasioso de la historia del culto a la salud argentina, no podemos dejar de lado a las mujeres. La posta, claro está, es que a las mujeres la cosa del sacrificio transpirante no las convencía. Así, se divertían con clases de ballet en el instituto más cercano a la casa (cosa de no llegar tarde para preparar la comida). Los años pasaron, vino la liberación femenina, y terminaron tomando clases en el sitio más cercano a la oficina (siempre que tuviera teléfono para avisarle a la mucama que habría de preparar en la cocina).

Hombres por un lado y mujeres por el otro. Así estaba la cosa hasta que de las sombras se levantó fastuoso, imponente, abierto hasta las 24 con snack bar y amplios vestuarios: el Gimnasio Mixto. Para hombres y mujeres de 15 a 99 años. ¿Es el invento del siglo? ¿La traducción de la supresión de barreras a mujeres injustamente disminuidas? ¿El fin del totalitarismo machista y el advenimiento de féminas musculosas sádico-fálico-leninistas?... Más bien, y con realismo, parecería ser un buen lugar pa’ganarse minas.

Espere. No corra a inscribirse en el gimnasio de la esquina. Lo del levante fácil es pura mentira. Más le vale borrar de su cabeza la fantasía de poder conocer allí señoritas de grata compañía. Lea primero alguna de las siguiente conclusiones desmitificadoras de falacias y, por las dudas, tenga bien a mano el número de teléfono de su tía “la celestina”. Puede llegar a necesitarlo.

PRIMERO: “En esos lugares por lo menos te podes enganchar alguna gordita deprimida”

REALIDAD: Si usted es uno de esos que busca concretar con alguna insegura “agarro al primero que veo”, se equivocó fiero. Eso le pasa por ingenuo. Las mujeres que se anotan en un gimnasio mixto, tienen todo en su lugar, bien duro y proporcionadito. La que, por casualidad, carga con un extra en su anatomía ni se asoma.

SEGUNDO: “Son todas unas histéricas calienta-pavas. Se ponen ropitas especiales para enganchar al que se cruce por delante. Casadas y solteras. Son todas iguales: provocadoras ciento por ciento y hay que aprovechar.

REALIDAS: Es verdad. Hay calzas, bombachitas, shorts, enteritos, tops y medias multicolores en el mercado de la indumentaria deportiva femenina. Hay las que, directamente, prefieren hacer gimnasia con medias de red. No en vano, algunas mujeres dilapidan ochocientos dólares cuando quieren estar bien surtidas con la ropita de gym para cada temporada. Ahora bien, lo que debe saber es que semejante despliegue no le está dedicado a usted, ni al pelado que chiva musculosas rotas al lado. Aclaremos: todo es para la morocha de perfil puntiagudo que le estorba la visión en el espejo del costado.

Es que las mujeres son bichos competitivos y envidiosos. No sueñe con que, cuando se ajusta los tiradores marcándose el contorno, planea provocar a todos los muchachos. ¿Que no me cree? Todo lo hacen las mujeres es para buscar la aprobación o reprobación de las demás señoritas.

TERCERO: “Las chicas deliran por los hombres que se preocupan e invierten su tiempo en su aspecto físico. A ellas las seducen los musculosos machos con la polenta necesaria para tomarlas por la cintura y levantarlas cuesta arriba. Ellas, definitivamente, se inscriben en un gimnasio con la fantasía de poder encontrar allí al galán soñado”

REALIDAD: ¿Todavía cree en los reyes magos? Cuando una mujer entra a un salón del gimnasio plagado de hombres que levantan pesas al estilo de Terminator o Rambo, lo primero que hace es estornudar. No soporta el típico olor que emanan los tipos al transpirar. Lo segundo, es reírse del gordito al que le tiemblan las piernas y los brazos. Lo tercero, es mirar lastimosamente al rubio espléndido de bíceps tatuados, y meditar sobre los “desperdicios para la humanidad” y los bienes inmuebles que se encuentran devaluados.

Entiéndalo: los hombres de los gimnasios (excluyendo al plantel de instructores-honrosas excepciones) son consideradores y tratados como gordos, viejos, separados ”con ganas” , atorrantes, vagos, olorosos, narcisistas, pelugos, gays y pelados por las mujeres de los gimnasios.

Queda descartada así, señores, cualquier alternativa o posibilidad de establecer algún tipo de ligamen, parentesco, relación o filón entre los sexos en cuestión.

Revista Playboy, Julio 1993.

No hay comentarios:

Publicar un comentario